Relato
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Aquel hombre herido se desliza por los tugurios buscando algo que llevarse y no precisamente a la boca… Encuentra una reteñida rubia. Ojos saltones, labios gordos, terroríficamente perfilado el contorno, tal vez de lápiz, tal vez tatuaje, labios de puta infame en un rojo tono a esas horas desteñido. Mira la bruta carne de cerda repulsiva. La mandíbula inferior caída, balbuceante, asomando entre babas enormes dientes sin sonrisa.
El hombre ve el esperpento. Observa que de esos ojos retorcidos en los que el iris se pierde bajo el superior párpado, sólo asoman las copas de más. Ni rastro de vida. Humor amarillo. Globo ocular vitrificado. Su cara es una mueca.
Sale del tugurio y pacientemente espera tras la esquina de enfrente.
Al fin el esperpento aparece tambaleante en la puerta. Detrás un maromo con canas con ganas de mojar el pito.
En sigilo y por la espalda de un golpe de hierro certero derrumba al gallito viejo y no le da tiempo de gritar a la zorra que casi ni se revuelve cuando le tapa la boca, lo justo, con un pañuelo de éter. La cerda se tambalea sin llegar a derrumbarse. El hombre sonríe. La dosis fue la correcta. Certera dosis exacta.
Arrastra a la deforme mujerzuela por los callejones. Una zorra borracha que se arrastra no despierta sospechas. Un poco más allá la sienta en el coche.

Y detrás de las grandes avenidas, en el sendero solitario, después de algunos desvíos, en la desolada explanada detiene el vehiculo. Aun no tiene pensado matarla. No antes de que el alcohol y éter mantengan su conciencia limitada. La quiere despierta. Que mire, que entienda, que sufra la puerca.




Piano sanchez dijo
oju que miedo y yo solo en casa como el niñato ese americano... en fin
saludos temblorosos de otro escritor de misterior.
19 Noviembre 2008 | 10:34 PM